Al oeste de Madrid, entre Las Rozas, Pozuelo y Boadilla del Monte, Majadahonda guarda en su nombre el eco de las majadas, los refugios de pastores que dieron origen a una pequeña aldea agrícola en el siglo XIII. Durante el siglo XX, las carreteras y el tren de cercanías la fueron acercando a la capital hasta convertirla en una ciudad residencial de escala doméstica, con jardines, colegios y calles tranquilas, elegida por familias que querían vivir cerca de Madrid sin vivir dentro de ella. Buena parte de esa ciudad se levantó en los años ochenta, en promociones de chalets adosados de ladrillo visto que hoy empiezan a cambiar de manos. Pasan de una generación a otra, y en ese cambio surge también una pregunta: qué conservar de una casa tan largamente vivida.
Heredar una casa es heredar mucho más que sus muros. Se hereda una luz a determinadas horas, una manera de recorrer las habitaciones, un repertorio de objetos y de colores que durante años han sido el paisaje cotidiano de otros. Casa Boa, la reforma que Paula Ábalos ha realizado en uno de estos adosados de Majadahonda, parte de esa condición. La vivienda perteneció a la abuela de sus actuales propietarios, varias generaciones la habitaron y necesitaba una actualización funcional y estética. La arquitecta resume el cambio con una imagen precisa: la casa pasa “del ganchillo y la madera oscura a colores vivos y vitales con una inspiración más pop-retro”. Lo interesante del proyecto está en cómo ese salto de época se construye con los propios materiales de la memoria familiar.
